por Manuel Griñán

Mendavia
Les pido disculpas de antemano porque la de hoy no va a ser una crónica convencional. En pura justicia debería hablar de Apaa y de Dink, de Ortiz de Urbina, de Juan Martel y de José Carlos Fernández. Pero no puedo. Y no puedo hacerlo porque mi pensamiento estuvo concentrado en otra parte, porque en la noche del sábado sólo tuve ojos para una yegua, mi yegua, nuestra yegua: Mendavia.
No quiero aburrirles con sensiblerías ñoñas ni con palabras empalagosas. Eso lo llevo dentro y lo dejo para mi y para quienes, como yo, compartimos aventura en la Asociación de la Concordia. Me limitaré a aconsejarles que compartan un caballo con sus amigos. No concibo mejor manera de disfrutar de este deporte. Después de tantos años de emocionarme con los triunfos de los caballos de otros, me cuesta trabajo describir lo que se siente cuando es el tuyo el que cruza primero el poste de meta. Una alegría que se multiplica por el número de amigos con los que compartes ilusión. De todos los cargos que se acumulan a principios de mes, el que pago con mayor entusiasmo es la cuota de nuestra asociación. Por un módico precio he tenido oportunidad de vivir todo el proceso de selección y compra de dos yearlings, uno en Newmarket y otro en España, de seguir la evolución y madurez de ambos, de valorar y reconocer los métodos de entrenamiento de dos formidables preparadores, de soñar con éxitos futuros, de padecer los reveses más crudos de la caprichosa fortuna y, finalmente, de disfrutar de las mieles del triunfo. También he podido participar modestamente en el proceso de cría de un purasangre, el más duro, el más ingrato, pero también el más hermoso. En definitiva, de vivir el turf con una pasión antes desconocida por mí. Anímense.
No puedo cerrar esta, llamémosle reflexión, sin agradecer la dedicación de dos preparadores extraordinarios: Guillermo Arizcorreta y Roberto López, cuyo talento y dedicación a su profesión han hecho realidad un sueño. Pero, metidos de lleno en el capítulo de agradecimientos, con quienes tengo una deuda infinita de gratitud es con mis dieciocho socios multiplicadores de las emociones. A ellos les dedico estas líneas.





